Memorias del Infierno

El siguiente texto es un breve cuento que escribí sobre el trabajo en los Infiernos, lapso sólo entre llegada y la partida de ese sitio extraño. Como todos sabemos, éstos no son como lo cuentan los libros religiosos, ni existe una dualidad de tal forma que haya un Mal y un Bien, pero sí existe un equilibrio entre luces y sombras.
En las luces se generan las ideas y las evoluciones, y en las sombras los temores y dolores mediante la perdición. Ambas ayudan en nuestra evolución, y es por eso que los seres de luz y almas que deciden trabajar en las sombras, también son hermanos e hijos de Dios, sólo que nos ayudan desde los sitios más densos del Universo Etérico, y sus formas... no siempre son agradables para los vivos...
Este escrito del año 2005, a mis 17 años, muestra una de las caras de la oscuridad, la otra parte de la historia que los nuevos niños no cuentan debido a que los adultos sólo hablan de aquellos que vienen de la Fuente Divina de Luz... esta es una Historia que muestra a aquellos que han venido a la Vida desde la oscuridad...
Muchas almas oscuras vienen perdidas para ayudarnos a nosotros en cierta forma, y lo hacen a través de atrocidades o acciones malas para quienes los rodean. Muchos han venido a probar nuestros límites, porque para eso existe la oscuridad... ella es quien nos prueba constantemente para saber cuánto realmente podemos brillar en la vida.
Espero sepan disfrutarla.

 

 

 

 

  

Memorias del Infierno

  
"Un suspirar profundo, debía recordarlo, debía suspirar profundamente antes de entrar, siquiera arrimarme a la puerta, o al lago, allí mismo, tranquilizarme. Todo estaba oscuro y en el fondo el horizonte parecía ondular, eso no ayudaba mucho. Hice unos pasos adelante, y me propuse a gritar en lo alto, llamando al portero.
_ ¡¿Alguien me escucha?! ¡Ey!, ¡¿Hay alguien aquí?!- pensé que habría algún otro método para llamar al transporte, no lo sé. De repente me di cuenta de que estaba en el lugar equivocado; era imposible que yo solo esté llamando al de la balsa, seguramente me equivoqué de sitio. El lago era enorme, y su oscuridad se mezclaba con el del horizonte, además, no divisaba ninguna luz, siquiera oscura, o roja, que marcara la presencia de un palacio del lado contrario. Caminé por el borde esperando toparme con algo. Hacía frío, increíble que yo pudiera sentir frío, pero aquí todos lo sentían. Caminé y caminé, sin saber cuánto, hasta que divisé a alguien. Fue el primero que vi, pero luego vi la costa llena de almas en pena. Todas gritaban y lloraban despavoridas, se arrepentían o reían en descaro, locas y aturdidas. Dispersos, y mínimos, había algunos tranquilos, caminando más cerca de la costa del lago negro. Había unos que sobrevolaban por sobre nuestro, parecían ser más bien simples velos negros, capas con forma pero vacías, que volaban revoloteándolo todo como en busca de algo, o simplemente supervisando. Unos cogían mis pies mientras yo miraba hacia arriba, entusiasmado, pero un poco asustado por los de arriba. No me asustaban los que me rodeaban, eran imbéciles, idiotas que no habían hecho más que errores durante la vida. Hoy se arrepentían, qué incrédulos, ya era demasiado tarde, largo camino les esperaba si deseaban llegar a las manos lumínicas de Dios. Realmente, esa no era mi preocupación personal, y pisoteaba los pies y las manos, las cabezas incluso de los que rogaban a mis pies la salvación. Ese no era mi deber, yo sólo quería entrar, por trabajo. De repente uno de los que volaban supervisando, se acercó a mí bajando el vuelo y pegándose el manto a su cuerpo sin sustancia, pero sí con rostro, al que vi una vez estando delante de mí. Sus ojos eran rojos, y su transparente rostro hablaba de los muertos, ya que simulaba ser un cadáver. Su simple mirada a las almas en pena aterrorizaba, y quien lo tocase pidiendo piedad, se quemaba y perdía la extremidad con que lo halla hecho. Agonizando los que lo rozaban, él seguía indiferente a lo que había a su alrededor, sólo le importaba en este instante hablar con migo.
_Tú no eres un alma en pena...- dijo con una voz esquelética y con eco borroso, del cual poco se le podía entender, a no ser si se le prestaba atención.
_No, soy un ángel.
_Un ángel caído... ¡no mientas!- gritó mientras sus trastos se elevaban como si hubiese viento y yo me aterrorizaba.
_No miento, honorable señor...
_No eres ángel, ¡lo sé!
_ Pues, ¿qué soy?, ni sé muy bien yo mismo qué soy, porque no hace mucho que recorro desahuciado por los pagos del Noveno y el Octavo, y ninguno de los señores Trece, del Universo que he escuchado, quieren atender a mis necesidades...
_Pues eres alma, y joven, seguro eres un espíritu ansioso de deber...
_Sí que lo soy, señor...
_Acompáñame.
Me elevó consigo por los aires y me llevó a la costa, ahuyentando a los despavoridos que se revolcaban por el espacio, esperando una de las enormes barcas. Me colocó en una especial, donde iban los otros que, como yo, no sentían ningún estilo de pavor y dolor, ni pena, por los que lloraban o ante lo que veíamos. La barca, extensa y de madera quemada, con ocho remos y un comandante, un espíritu que brillaba en amarillo, indiferente a todo, concentrado en una dirección, el lado contrario del lago... el Otro Lado.
Más balsas nos rodeaban, barcos que se tambaleaban por el peso de las almas en pena, y en el agua tranquila podía verse el reflejo de las ahogadas y condenadas a vivir en el eterno temor y hastío. Tediosas de la eterna culpa, buscaban llevarse consigo a las profundidades alguna de las almas que cayesen o lograsen arrancar de las balsas.
La balsa avanzaba lenta, o tal vez, rápidamente; el agua parecía casi ni moverse, ni los sonidos de los gritos hacía vibrar la superficie. En el fondo rocas comenzaron a verse. Espuma grisácea se extendía por la orilla, donde más almas se rendían, caminando como esclavos en una procesión, por entre los caminos de roca quebrada, esquivando el vuelo de aves rapaces, negras, que todo lo observaban. Bajamos y dimos una piedra dorada al de la balsa, quien sin decir nada la guardó en una bolsa. Algunos de los muertos que por allí andaban, cedían una moneda a los balceros, para que los llevase tranquilos hasta la otra punta y les mostrase buen camino. Quienes no poseían moneda, eran cargados uno sobre otro en los barcos y como trapos traslúcidos eran transportados por mal camino. Golpeados y maltratados por Caronte al llegar eran en la otra orilla si se negaban o se resistían a pasar, y más aquel que no llevase moneda, quien era directamente descartado a los confines del Reino Oscuro. Nosotros caminábamos por el camino grande, hacia la gran puerta; no éramos como los demás, éramos almas caídas, almas atrapadas en los confines de las dos porciones del universo más propensas a la oscuridad. Aquí nos transformarían en "ángeles negros", y nos bautizarían en nombre del dios noveno. Éste residía en un lugar tan superior, que nadie jamás lo veía, y desde allí todo lo supervisaba, pero sí se veía, según supe, por allí abajo en el gran palacio, rondando de un lado a otro, al que llaman Hijo Prodigio, el hijo del Dios oscuro, aquel que llamaban las malas lenguas como "Demonio".
Subíamos los escalones por la gran puerta, y otros caían rodando por ella a nuestro lado, los expulsaban al agua, y con tridentes bichos raros los pinchaban para no permitir su regreso. Esos ya estaban perdidos, eran los peores, o los más idiotas. Tal vez algún día Dios o el Dios oscuro los rescaten, pero el Demonio no tiene piedad.
Cuando subimos del todo y nos vimos colocados en el pasillo de mármol negro, un espectro enorme de manto negro, harapos que se arrastraban por el suelo, parado detrás de una recepción de curvas de metal forjada en los volcanes, con rostros empalmados junto a calaveras, de patas bastones de huesos simulados, y un suelo baboseado en un rincón, por un gigante, un perro de tres cabezas, que se apoyaba tranquilo en un día normal, vigilando todo el tiempo, si no con una, con otra de sus cabezas, todo lo que sucedía en la entrada a los abismos.
_Bienvenidos al Infierno...- dijo el espectro, y nos dio paso libre señalándonos el camino hacia el interior.
Se podía ver un campo minado de cabezas a la izquierda, una brisa fría envolvía el ambiente, lleno de fantasmas y espíritus perturbados. Los pasillos se abrían en caminos, y los caminos se disipaban por doquier, entre rutas y ranuras, abismos y bosques secos, murallas y castillos, palacios oscuros, campos tenebrosos, montañas y mares oscuros, hacia tierra de alucinaciones. Todo ser perdía su último legajo de vida aquí dentro, y quien nunca había nacido, perdía el sentido de querer estarlo.
Un canto bellísimo se oía levemente de fondo ante las atrocidades, voces tan dulces y tan enternecedoras que conmovían el alma y la hacía divagar, desplomarse de gozo. Muchas se dirigían hipnotizadas, pero nosotros debimos tapar nuestros oídos. Eran las Sirenas, que habitaban en las rocas junto a los mares oscuros, y atraían súbditos, para una vez poseídos y hechizados, despedazarlos y devorarlos.
Esclavos penitentes, miles de ellos caminaban arrastrando piedras de un lugar a otro, algunos construyendo, otros sin siquiera un fin, lo único que importaba era el castigo. Así mismo era el nombre de quien regía esta prueba, Castigo, y llevaba en su mano un látigo de mil tiras, o más, que sonaban al cortar el aire, pienso, que el chillido que emitían era el del espacio quejarse de dolor. Las almas podían "sangrar" de sus espaldas al descarado rasguño de los látigos.
Unos eternamente condenados a devorar alimentos, manjares exóticos y costumbristas, frutas, pastas y carnes, ensaladas y rebosado, morsilla, embutidos y carnes crudas... un plato tras otro. El alma en sí no sufre de indigestión, pero sufre en la mente el simple hecho de tener que hacerlo minuto a minuto y que jamás se acabe, eternamente.
Otros eran descuartizados y vueltos a reunir por los demonios. Esas criaturas eran horrendas, siempre había oído hablar de ellas, pero jamás hasta entonces las había visto. A cualquiera les hubiese aterrado, a los que eran como yo, simplemente nos dieron asco. Cuernos y colas puntiagudas, pieles negras, rojas, verdes y azules, aunque también naranjas y amarillos, así en especial sus ojos, como los de los negros gatos. Dientes afilados y sobresalidos de sus labios, algunos con estos rotos por el mismo ansia de sangre, y se mordían entre ellos. Cortaban a rajas poco a poco la "carne" de las almas con sus uñas largas y afiladas como garras. Mientras unos los reñían como si estuviesen jugando a los niños en una familia, otro los hacía implorar agachado, rezando en el suelo como un musulmán en el alba, y... me da asco decirlo, sacaban su miembro con forma de lanza en pinchos y disfrutaban destrozándolo por detrás. Reían descarada y aturdidoramente; sus gritos y rizas podían oírse desde el otro lado de los puentes.
Allí es donde vimos a los "atletas", aquellos que condenados estaban a correr en una rueda, y a su lado en los volcanes, uno gritaba eternamente el sufrir que le provocaba el quemarse vivo en una hoguera y no morir. De reojo lo miraba uno que subía y bajaba hasta el final de la montaña, llevando agua en un balde que cruelmente estaba agujereado, con tal de llegar vacío a su destino, implicando al condenado a subir y bajar eternamente por un balde de agua; ¿Cuándo lograría llenar el estanque que lo lleve a su salvación? La respuesta tal vez estaba en el ingenio del cómo hacerlo, pero no parecía darle importancia a la razón.
Los que tenían el trasero rojo de azotes, estaban detrás de los puentes. Siglo tras siglo castigados por la imagen de sus padres, a quienes deshonraron malvadamente, o incluso asesinaron.
Pobres también aquellos condenados por adulterio injusto, que eran malvadamente azotados mientras veían a sus amantes acostarse con sus enemigos. ¿Castigos crueles, o estúpidos? Da igual, en el Infierno todo vale, porque todo tiene sentido.
¿Cuán de cosas más se podía allí ver? Era terrible, aunque había cosas a las que intentábamos ser indiferentes. Yo, como algunos de los que me acompañaban en el camino hacia el Palacio Oscuro, sabíamos que no estaríamos demasiado en las tierras del Noveno, puesto que nos mandarían a trabajar a la vida.
El palacio, como una cueva de espinas enormes, oscuro y con luces rojas en su interior, de cuyas chimeneas salía humo gris y negro, seguramente quemaban cuerpos vivos. Pudimos ver cómo un ejército de nazis, jóvenes y no, eran maltratados y rebajados hasta el más mínimo nivel, mientras a otros seleccionados los llevaban a jaulas a torturar almas impuras. Hombres asesinando mujeres y niños, golpeando a quien los les hiciese caso, algunos de ellos estaban condenados a la ceguera y una extraña unión familiar que los arrastraba a todos hasta al Infierno. No obstante, una suave luz en un sitio se extendía, como buscando y seleccionando. Demonios, más bien ángeles negros, ayudaban a la luz en su trabajo, esa era la Salvación. La luz los conducía a un sitio tranquilo, desde donde los menores castigados sean bienvenidos y doblemente enseñados, para elevarse al máximo, hasta la Blanca Luz. La luz llevaba algunos, como a niños envueltos en el odio, hacia una tierra a la que los demonios no se acercaban, pero los ángeles negros sí; le decían Campos de Luz, o también Campos Elisios. Era la única forma de salir del holocausto infernal y los castigos del Infierno.
El trabajo nuestro, el de los ángeles negros, es, y sería, ayudar en cierta forma a la Luz de los campos. El deber consistía en probar los límites de las almas en la vida, y ver cuál era más pura. Los que se enredaban en las fauces de nuestros caminos curvos, quedaban a nuestra disposición, y los demás seguían en manos de la luz de vida, pero ambos contribuíamos a la pureza. Aunque, por nuestra parte, no de tan buen camino, ya que el gran Demonio, deseaba para sí un enorme número de almas, por eso incluso las compraba cuando el negocio se le hacía difícil. Era esa la razón de que nosotros no sólo debíamos, por una parte, probar los límites de las almas ante los vicios y tantas otras cosas, como la desesperación y el odio, sino que también, uno de nuestros propósitos, era depravar a las almas que pudiésemos, para obtener un mayor número de "clientes".

Una vez dentro del gran palacio, cosa que me despertó la admiración, ante las columnas de mármol negro, espejos ovalados cubriendo los pasadizos, lámparas colgantes, mesas enormes y largas de madera negra y mármol grisáceo, puertas descomunales, cortinas disimuladas, demonios y ángeles negros por doquier, animales extraños, libros de hechicería y libros Oscuros, bibliotecas sobre ellos... casas dentro del mismo palacio, escaleras que se hacían eternas, gritos despavoridos, o de furia, tal vez, el más espeluznante, halla sido el de algún gran demonio, incluso puede, que de el mismo Demonio. Unos espectros nos guiaron hacia unas habitaciones amuebladas, donde un ángel superior nos esperaba. Su aspecto alargado y blanquecino, de cara, puesto que estaba cubierto de un manto negro de pies a cabeza, sus manos eran esqueléticas y poseía un bastón en la mano, con el que nos apuntó y señaló los sillones donde debíamos sentarnos.
Luego lo hizo él, y moviendo lentamente la cabeza mirándonos a cada uno de nosotros, que éramos unos treinta, tal vez, en ese momento, como temiendo romperse la nuca, comenzó a hablar de una forma muy tranquila pero perturbadora.
_Ángeles... hijos... seréis bien dotados y adiestrados en libros y manos. No mucho pasará hasta que tengáis que dirigiros al mundo de los mortales, y trabajar sobre algunos de ellos... la prueba consistirá en ver a cuántas personas lográis depravar y obtener para el Señor, en un límite de tiempo a gusto propio... seréis premiados por el resultado, todos estarán separados en diferentes sitios del mundo, y jamás quiero enterarme de que os halláis visto siquiera durante las pruebas... en caso contrario, de no haber completado el número de fieles, y de no haber acabado a tiempo justo o haber robado ideas a vuestros compañeros, el castigo por ello será tremendo y... eterno...
Claro estando lo dicho por el ángel negro maestro, fuimos todos asignados a diferentes sitios. Allí, en la región que nos hayan dado, debíamos juntar la mayor bolsa de almas posibles, y eso es lo que yo me proponía hacer".

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